
EL SACACORCHOS:
Las calles se estiraban cuanto más cansado estaba Nicolás, el camino a casa se prolongaba a medida que los pies se agarrotaban en sus botas llenas de lodo. Bajo el brazo llevaba una botella del vino tinto más barato del supermercado.
Miró su reloj sumergible, su última compra inteligente, siempre se le olvidaba sacar todos los relojes de su herencia en la regadera, mandando cada uno de ellos al relojero, donde llevaban tranquilamente arreglando la maquinaria de todos unos dos años, pues nunca se acordaba de pasar por ellos. Pero Nicolás siempre culpaba al olvido de tomarse sus pastillas para la memoria, las famosas omega 3 que garantizaban recordar hasta los momentos de dolor, ahí estaban las pastillas agarrando hasta moho en la cocina.
Una gota de agua le cayó en el bigote tieso, levantó la cabeza para ver de donde provenía susodicha. Una señora con unos senos exuberantes estaba regando unas plantas que a los ojos de Nicolás estaban lo suficientemente marchitas como para hacerse un porro con ellas. Volvió la vista nuevamente al balcón, para ver aquellos senos, discúlpenme respetables damas... para ver aquella mujer...miró, miró bien, no, no era una mujer.
La Colonia Roma estaba vacía, de vez en cuando algún transeúnte arrastraba a su perro que iba levantando la pata mientras su dueño le cortaba la meada. Se sentó en una terraza, la mesa estaba pegajosa, escupió en su dedo índice e hizo fricción contra ésta, entre tanto un mesero con una mueca de repulsión se acercaba para tomarle la orden. Nicolás muy contento pidió un cenicero y le mostró su botella de vino tinto barato para que se la descorchara.
-Discúlpeme señor, solo puede consumir bebidas de este lugar... - Se disculpó muy extrañado frente a la petición de su cliente, no tan cliente.
-¿Y si pido una botanita me abrirá la botella?- Preguntó Nicolás ofendido como si le estuviere llamando ladrón.
-Me temo que no es suficiente...
Nicolás apagó su cigarro en el suelo, por la falta de cívica del camarero en traerle un simple cenicero para no ensuciar la calle, agarrando su botella para partir sin decir nada, ni siquiera quiso verle la cara al idiota del mesero, si, el mesero impertinente. A medida que caminaba se preguntaba dentro de su cabeza: ¿Habrá alguien en este país que descorche esta botella, sin pedir nada a cambio?.
Como la respuesta era negativa, decidió tomar un taxi al supermercado más cercano de su casa, al llegar, le pidió al taxista que lo esperara; dejando su botella en el asiento de adelante. En el pasillo número cinco estaban todos los utensilios de cocina. Compró dos sacacorchos, uno lo guardó en el bolsillo de su pantalón por si se olvidaba la bolsa del supermercado con el otro en el taxi.
El taxista ya no estaba, se había dado a la fuga con la botella de vino, pobre tonto seguro pensaba que era un Romanee Conti, y en realidad no costaba más de cincuenta pesos mexicanos, valía más el viaje que la botella. Lo buscó aún así por todo el estacionamiento, revisó cuanto dinero llevaba en la cartera, no le alcanzaba para otro, era lo justo para tomar un taxi de regreso a casa.
Nicolás con sus dos sacacorchos llegó a casa, sabía que ya no iba a tomar vino, era sábado, no tenía ningún peso más en casa, ni siquiera un amigo, hasta el lunes no le ingresarían en su cuenta bancaria, bebería vino el lunes, tampoco era tan trascendental.
Parecía estar más contento a medida que subía las escaleras para llegar a su pequeño departamento de cincuenta metros cuadrados lleno de azulejos de baño, a su cálido hogar, donde lo esperaba su gato Fulgencio con calvas en el lomo, para cenar sardinas enlatadas. Buscó las llaves en su chamarra... las había olvidado en la mesa de la cocina junto a sus pastillas para la memoria.
Nicolás al menos no iba a estar tan solo, dos sacacorchos le harían buena compañía uno de cada costado, hasta el lunes a las nueve de mañana cuando abriese el banco para pagarle al cerrajero.
Nadie fía nada, así que acuérdense damas y caballeros de salir con todo lo necesario antes de cerrar la puerta.




