
Mañana:
Marina se hallaba con la barbilla reposando sobre la palma de su mano izquierda, con la mirada en diagonal hacia un punto perfectamente elaborado debido a cálculos matemáticos o teorías electricistas, exactamente Marina miraba a un enchufe que viendo con mayor precisión las tres ranuras para encajar el cargador de su laptop, formaban una cara de decepción, tristeza incluso terror, la pobre cara sabía que cuando Marina se sentaba en el mismo lugar le esperaban mínimo dos horas de estar vomitando corriente eléctrica para que cada tecleo de ella tuviera garantía de permanecer en la página en blanco de Word, con apenas ocho líneas cargadas de pensamientos abstractos, ya que era consciente de que la esencia de las palabras se morían cada vez que los mortales las empleaban para adquirir una apariencia tal vez más propia, o con sobrecarga de un maquillaje intelectual, de quita y pon para la ocasión.
Ella y su tendencia frecuente a adoptar trastornos que incitaran a la bipolaridad le impedían llevar una vida normal, depresión ansiosa, un cuadro diagnosticado por un psiquiatra, que sumaba un caso más de experiencia médica. Desde el primer tratamiento, Marina estaba convencida de que la indiferencia por si misma y la niebla le impedían centrarse en su principal objetivo, en la transformación radical de esa leprosa a la que miraban con lástima si alguien se atrevía a señalarla.
El psiquiatra le duró tanto como una hogaza de pan a un hambriento, no es que se negara a tratar a la pobre chica, al contrario resultaba un paciente agradable e interesante, la depresión ansiosa no era una simple enfermedad mental en ella, era simplemente una alta red de seguridad que impedía descifrar el verdadero problema.
Decidió esta vez, la pobre infeliz no poner música ambiental que estimulara su espíritu para crear un nuevo ensayo polémico, con esa infinita soberbia que la caracterizaba, una incomprendida que deambulaba por las escaleras tétricas de servicio en vez de los ascensores llenos de focos, tal vez no precisara luz, ella la portaba, pero una luciérnaga por mucha luz que tenga no deja de causar repulsión por la fealdad del insecto , sin su música, nada más concentrada en la caja del enchufe de donde emanaría la triste realidad de Marina, con el microondas estallando las palomitas, un sonido bastante agradable, podría asociarlo con la vieja compañía de su mejor amigo , ``el fiel reproductor de DVD ´´ en una manta calurosa.
La última vez que supe de Marina, se encontraba devorando palomitas como casi todos los fines de semana, su última palabra fue : ``Mañana´´.
El psiquiatra, su madre y yo seguimos teniendo la certeza de que se refería a que al día siguiente no tendría pensado comer más palomitas y miraría hacia otro horizonte ,que no fueran las pelotas de maíz sin explotar en el envase grasiento, que giraba en el microondas.
PD: A este texto le falta aderezo, lo dejo a libre elección.

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Jenya I.Bck
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Jenya I.Bck