
El idealismo se atreve a forjar características sobre la incertidumbre para atosigar a mi torpe e inocultable curiosidad, que me impide dormir, sin morderme la mano del dolor, sin reprimirme una y otra vez frente a los miedos que eran envueltos por el deseo y la necesidad de verte y ser vista. Culpo incansablemente a la maldita y soberbia soledad que se acostaba nuevamente con su torso frío e insolente, sobre las sábanas que calentaba mis vagas pero alentadoras esperanzas.
La abrumadora prudencia tiraba de mis riendas hasta sobresaltarme, de la grotesca realidad y sus consecuencias, causas, efectos o como quieran llamarle, que adormecía despiadadamente la última llama de ese ímpetu por amar y ser amada.
¡La maldita prudencia!, ¡Los ruidosos y turbios pensamientos!, sumiéndome otra vez a un deber ser que me repugna hasta saciarme de ira, robándome el último aliento del día para rendirme al comienzo de una batalla con la prudencia, en una trinchera que me absorbía los pecados que nunca cometí, al morir.
``Hay pasiones que la prudencia enciende y que no existirían sin el riesgo que provocan´´- Jules Amedee D`Aureville.

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