Avanzaron los meses sin cautela alguna sin haberme preparado con anterioridad para los fríos e iluminados días de diciembre.
Después de un cálido Agosto, manteniéndose las temperaturas al ras, indiferente y sin emociones más que una atmósfera húmeda a la que las cosechas y los jardines pedían las lluvias abundantes, llegaban y se marchaban personajes por mi vida como si de un museo se tratase.
Nada era estable, ni siquiera las amistades prevalecían fieles a su compromiso.
La casa de la española vacía, con dos sofás y tres camas, sus paredes semejaban aquel viaje de Alicia en el país de las maravillas donde nadie se imaginaría el desenlace de la torre donde existe el color melocotón opaco, posiblemente el hecho de la magia de cada uno de esos rincones se debe a la mera creación de la española observada por su derrochante carisma, tal vez el uso es lo que lo asigna especial por el mero hecho de resultarnos familiar. Pero nadie habría dado ni tres pesetas por dormir en la recámara que tiene la entrada mas majestuosa con su gran lámpara de cristales swarosky colgando. Sus paredes no eran del sello de mi madre, y no tenía otro uso más frívolo que guardar todas las facturas en un maletín metido en el armario vacío.
Ninguna de nosotras había imaginado que la habitación frívola sería en un tiempo la paz que entró un 16 de Septiembre, sería esa fuerza que necesitaba mamá para llenar los rincones silenciosos de la magnitud que tiene el hogar. Todavía no estábamos lo suficientemente preparadas para ver con luminosidad que radiaba la Casa. Precisábamos del ojo que todo lo ve para felicitar al gran arquitecto, a mi querida madre, que en los meses cálidos de Agosto no comprendía la única verdad y camino a su propia salvación, ella, ella y ella con la dichosa casa que en ese momento que se estrenó el 28 de agosto, estaba tan sujeta a Dios que le atribuyó sus esfuerzos y méritos a él. Mamá no podía ver, aunque los días fueran soleados.
Llegó fríamente Diciembre cayendo a las seis de la tarde las noches, y sólo pequeños alumbrados de los árboles de Navidad, está prácticamente oscuro y triste, pero las pequeñas luces la guían, viendo las paredes en su verdadero color, sin importar lo opaca que esté la habitación de arriba, porque todo tiene remedio menos la muerte. Mamá ve esas pocas luces pero sabe llegar.
Renunciar a todo lo que crees y ves, es más poderoso que quien nos creo en siete días.
No siempre cuando más oscuras están las noches madre mía, significa que amanecerá lloviendo.
Jenya I.Bck

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